miércoles, 21 de abril de 2010

Talleres de ideas principales, canciones y lectura

Taller de lectura interpretativa

Creado por: Luis Martín Trujillo Flórez

1. Según la letra de la canción Nada personal de Soda Stereo.

El cantante habla de una relación sin emoción se refiere a:

a. Un ser solitario que no quiere a nadie.

b. Una persona que tiene relaciones sexuales con una muñeca de plástico.

c. Un hombre enamorado de una mujer interesada que solamente le interesa lo económico.

d. Un ser cansado del modernismo, de los medios de comunicación, de la rutina urbana.

Justifique su respuesta: Se refiere a alguien que tiene relaciones sexuales con una muñeca de plástico, porque habla de una mujer que no le pone interés a la relación, es aparentadora y dice que su cuerpo es de látex y hace que no sienta nada.

Ver video: http://www.youtube.com/watch?v=iHucX8Kfe8E

2. Según la letra de la canción La sirena varada de Héroes del Silencio

El cantante habla de:

a. Una pareja que no se entiende y decide separarse.

b. Un hombre enamorado de una mujer que pierde la razón y la debe internar en un manicomio.

c. De una sirena que quiere ser humana para estar con su enamorado.

d. De un hombre que alucina con la mujer que ama.

Justifique su respuesta: Habla de un hombre que alucina con la mujer que ama, porque el quiere estar junto a ella, le dedica sueños, pero sabe que es solo imaginación.

Ver video: http://www.youtube.com/watch?v=38RailWAt-0 
 

3. Según la canción Crímenes perfectos de Andrés Calamaro.

La letra habla de un hombre que no perdona lo que pasó en la dictadura Argentina cuando el estado le desapareció a su esposa.

Está de acuerdo: sí_____X_______ no______________

Argumente ¿por qué?

Porque menciona hechos característicos de la dictadura militar en Argentina, como que vio el mundial 78 y tuvo que crecer viendo paranoia y dolor a su alrededor, en esa época desaparecían a la gente y el dice que ella no va a volver porque desapareció y le toca sufrir solo.

Ver video: http://www.youtube.com/watch?v=da2-MziX4Eo

4. Según la canción La casa desaparecida de Fito Páez

Conteste las siguientes preguntas:

a. La canción la canta un militar retirado del ejército: sí ____X_____ no____________

b. El protagonista es invalido: sí ____X_____ no____________

c. El protagonista suele ir a donde las prostitutas: sí ____X_____ no____________

d. El padre abusaba de él: sí _________ no______X______

e. El protagonista es un travesti: sí _________ no_____X_______

f. La canción habla de las desapariciones en la dictadura: sí ____X____ no__________

g. La canción habla del proceso del rock argentino: sí _________ no_______X_____

h. El padre de quien canta ya falleció: sí _________ no_____X_______

i. Da una esperanza para el pueblo argentino: sí ___X______ no____________

Ver video en: http://www.youtube.com/watch?v=OnNjJr5llTc

5. La canción Caminitos hacia el cosmos de Fobia, habla de alguien que quiere alejarse de las drogas, subraye las claves del texto que nos permiten identificar la anterior afirmación:

Vamos a pasear por la pradera
en un vagón que nos mantenga
secos y despiertos, que nos separe
de los vivos y los muertos un vagón

Vamos a tirar por la ventana los recuerdos,
vamos a viajar entrelazados en el tiempo,
vamos a seguir los caminitos pedregosos
que nos lleven hacia el cosmos
y vamos a saber cómo es la cara del que manda,
vamos a mirar desde el espacio la galaxia,
vamos a seguir los caminitos tan angostos
que nos lleven hacia el cosmos
y nada me alivia tanto
como irte dejando atrás

y nada me alivia tanto
como irte dejando atrás
Atención a su derecha se encuentra
la Vía Láctea, en ella existen más de
¡Un millón de estrellas!,
favor de abstenerse de sacar las manos
del carrito y de tomar fotografías
con flash.

Justifique su respuesta: La imaginación en ésta canción sobresale, se intenta dejar atrás problemas grandes y limpiarse. La canción nos muestra unas visiones o unas situaciones que solo se pueden dar cuando la persona está en un estado lamentable, puede ser que está loco, esta drogado, etc.

Ver video: http://www.youtube.com/watch?v=hnI9geeF9MI 

6. La canción Vértigo de Robi Draco Rosa, habla de un asesino serial que está arrepentido, subraye las claves del texto que nos permiten identificar la anterior afirmación:

Sol negro, negra luz
los perros vomitan plástico azul
los relojes marchan al revés
y el invierno aparece bajo tus pies.
Siento vértigo siento vértigo
Siento vértigo siento vértigo.
hay un maldito ruido
en éste gran carnaval (carnaval)
y en el palacio de fuego
hay un extraño animal
que se apodera de ti
que se apodera de mí

negro sol
negro sol, sol de llanto
de mi adicción y mi quebranto
negro sol, verde luna
la carne rota y el alma cruda.
siento vértigo, siento vértigo
siento vértigo, siento vértigo.
negro sol,
negro sol, sol de llanto
de mi adicción y mi quebranto
negro sol, verde luna
la carne rota el alma cruda.
negro sol, sol de llanto
de mi adicción y mi quebranto
negro sol, verde luna
la carne rota y el alma cruda.
 

Justifique su respuesta: Se evidencia el descontrol que sufre el asesino y su adicción al crimen. El extraño animal es lo que lo impulsa a ser como un cazador, Cuando habla del invierno, se refiere a los problemas y tristezas, ya que hay muchos problemas y catástrofes

Ver video en: http://www.youtube.com/watch?v=DIwOetZTEVE

7. Lleve la canción a un lenguaje entendible la canción Chilanga banda de Café Tacuva, tradúzcala no viendo lo que se dice de la canción sino interpretando lo que para usted quiere decir.

Chilanga Banda - Cafe Tacuba

Ya chole chango chilango
Que chafa chamba te chutas
No checa andas de tacuche
Y chale con la charola.

Tan choncho como una chinche
Mas chueco que la fayuca
Con fusca y con cachiporra
Te pasa andar de guarura.

Mejor yo me hecho una chela
Y chance enchufo una chava
Chambiando de chafirete
Me sobra chupe y pachanga.

Si choco saco chipote
La chota no es muy molacha
Chiveando a los que machucan
Se va a morder su talacha.

De noche caigo al congal
No manches dice la changa
Al choro del teporocho
Enchifla pasa la bacha.

Pachucos cholos y chundos,
Chinchinflas y malafachas
Aca los chompiras rifan
Y bailan tibiritabara.

Mejor yo me hecho una chela
Y chance enchufo una chava
Chambeando de chafirete
Me sobra chupe y pachanga.

Mi ñero mata la bacha
Y canta la cucaracha
Su choya vive de chochos
De chemo, chupe y garnachas.

Coro

Transando de arriba abajo
Ahi va la chilanga banda
Chinchin si me la recuerdan
Carcacha y se les retacha

Ya no mas hermano

Qué es lo que traes

No ves lo que tienes

Y molestas con eso.

Tan gordo como animal

Mas torcido que lo no visto

Con sombrero y armamento

Te la pasas tomando.

Mejor me hecho un trago

Y me consigo una niña

Trabajando de chofer

Me sobra trago y fiesta.

Si choco, peleo

El golpe no es agradable

Molestando a los q golpean

Se muerden ellos mismos.

De noche caigo en mi cama

No inventes dice la vieja

Al ladron del techo

Conectate y pasa lo que tienes.

Estos esos y aquellos

Gente mal presentada

Aca los intimos farrean

Y bailan.

Mejor me hecho un trago

Y me consigo una niña

Trabajando de chofer

Me sobra trago y fiesta.

Mi amigo me quita lo que tengo

Y canta la cucaracha

Su rabia vive de tontos

De goce, trago y parranda.

Bailando de arriba abajo

Ahí va la banda de chilango

No me importa si me la recuerdan

Mucho menos si me lo recalcan.

Actividad de la novela Momo de Michael Ende.

1. Lea el capítulo seis de la novela Momo de Michael Ende, sobre el ahorro del tiempo. Contexto de la novela: Momo es una niña que vive en un pueblo y las personas ante ella pueden imaginar, pues ella los escucha. Sin embargo un día llegan los hombres grises y empiezan a ahorrar el tiempo de la gente en la Caja de Ahorros del Tiempo.

2. Elabore una conclusión con respecto a la forma cómo maneja su tiempo. Anéxelo al blog.

Es evidente que uno pierde mucho tiempo en bobadas o malas costumbres, se debe aprovechar bien el tiempo sin volverse obsesivos por ahórralos, más bien tratar de gastar bien su tiempo, por ejemplo gastarla en una sana diversión para que nuestras vidas no se vuelva aburrida como no lo dicen en el libro, solo hay que saber usar cada instante de su tiempo.

LA PROCLAMA: POR UN PAÍS AL ALCANCE DE LOS NIÑOS

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Los primeros españoles que vinieron al Nuevo Mundo vivían aturdidos por el canto de los pájaros, se mareaban con la pureza de los olores y agotaron en pocos años una especie exquisita de perros mudos que los indígenas criaban para comer. Muchos de ellos, y otros que llegarían después, eran criminales rasos en libertad condicional, que no tenían más razones para quedarse. Menos razones, tendrían muy pronto los nativos para querer que se quedaran.

Cristóbal Colón, respaldado por una carta de los reyes de España para el emperador de China, había descubierto aquel paraíso por un error geográfico que cambió el rumbo de la historia. La víspera de su llegada, antes de oír el vuelo de las primeras aves en la oscuridad del océano, había percibido en el viento una fragancia de flores de la tierra que le pareció la cosa más dulce del mundo. En su diario de a bordo escribió que los nativos los recibieron en la playa como sus madres los parieron, que eran hermosos y de buena índole, y tan cándidos de natura, que cambiaban cuanto tenían por collares de colores y sonajas de latón. Pero su corazón perdió los estribos cuando descubrió que sus narigueras eran de oro, al igual que las pulseras, los collares, los aretes y las tobilleras; que tenían campanas de oro para jugar, y que algunos ocultaban sus vergüenzas con una cápsula de oro. Fue aquel esplendor ornamental, y no sus valores humanos, lo que condenó a los nativos a ser protagonistas del nuevo Génesis que empezaba aquel día. Muchos de ellos murieron sin saber de dónde habían venido los invasores. Muchos de éstos murieron sin saber dónde estaban. Cinco siglos después, los descendientes de ambos no acabamos de saber quiénes somos.

Era un mundo más descubierto de lo que se creyó entonces. Los incas, con diez millones de habitantes, tenían un estado legendario bien constituido, con ciudades monumentales en las cumbres andinas para tocar al dios solar. Tenían sistemas magistrales de cuenta y razón, y archivos y memoriales de uso popular, que sorprendieron a los matemáticos de Europa, y un culto laborioso de las artes públicas, cuya obra magna fue el jardín del palacio imperial, con árboles y animales de oro y plata en tamaño natural. Los aztecas y los mayas habían plasmado su conciencia histórica en pirámides sagradas entre volcanes acezantes, y tenían emperadores clarividentes y artesanos sabios que desconocían el uso industrial de la rueda, pero la utilizaban en los juguetes de los niños.

En la esquina de los dos grandes océanos se extendían cuarenta mil leguas cuadradas que Colón entrevió apenas en su cuarto viaje, y que hoy lleva su nombre: Colombia. Lo habitaban desde hacía unos doce mil altos varias comunidades de diversas lenguas y culturas distintas, y con sus identidades propias bien definidas. No tenían una noción de estado, ni unidad política entre ellas, pero habían descubierto el prodigio político de vivir como iguales en las diferencias. Tenían sistemas antiguos de ciencia y educación, y una rica cosmología vinculada a sus obras de orfebres geniales y alfareros inspirados. Su madurez creativa se había propuesto incorporar el arte a la vida cotidiana —que tal vez sea el destino superiores de las artes— y lo consiguieron con aciertos memorables, tanto en los utensilios domésticos como en el modo de ser. El oro y las piedras preciosas no tenían para ellos un valor de cambio sino un poder cosmológico y artístico, pero los españoles los vieron con los ojos de Occidente: oro y piedras preciosas de sobra para dejar sin oficio a los alquimistas y empedrar los caminos del cielo con doblones de a Cuatro. Esa fue la razón y la fuerza de la Conquista y la Colonia, y el origen real de lo que somos.

Tuvo que transcurrir un siglo para que los españoles conformaran el estado colonial, con un solo nombre, una sola lengua y un solo dios. Sus límites y su división política de doce provincias eran semejantes a los de hoy. Esto dio por primera vez la noción de un país centralista y burocratizado, y creó la ilusión de una unidad nacional en el sopor de la Colonia. Ilusión pura, en una sociedad que era un modelo oscurantista de discriminación racial y violencia larvada, bajo el manto del Santo Ofició. Los tres o Cuatro millones de indios que encontraron los españoles estaban reducidos a un millón por la crueldad de los conquistadores y las enfermedades desconocidas que trajeron consigo. Pero el mestizaje era ya una fuerza demográfica incontenible. Los miles de esclavos africanos, traídos por la fuerza para los trabajos bárbaros de minas y haciendas, habían aportado una tercera dignidad al caldo criollo, con nuevos rituales de imaginación y nostalgia, y otros dioses remotos. Pero las leyes de Indias habían impuesto patrones milimétricos de segregación según el grado de sangre blanca dentro de cada raza: mestizos de distinciones varias, negros esclavos, negros libertos, mulatos de distintas escalas. Llegaron a distinguirse hasta dieciocho grados de mestizos, y los mismos blancos españoles segregaron a sus propios hijos como blancos criollos.

Los mestizos estaban descalificados para ciertos cargos de mando y gobierno y otros oficios públicos, o para Ingresar en colegios y seminarios. Los negros carecían de todo, inclusive de un alma; no tenían derecho a entrar en el cielo ni en el infierno, y su sangre se consideraba impura hasta que fuera decantada por cuatro generaciones de blancos. Semejantes leyes no pudieron aplicarse con demasiado rigor por la dificultad de distinguir las intrincadas fronteras de las razas, y por la misma dinámica social del mestizaje, pero de todos modos aumentaron las tensiones y las violencias raciales. Hasta hace pocos años no se aceptaban todavía en los colegios de Colombia a los hijos de uniones libres. Los negros, iguales en la ley, padecen todavía de muchas discriminaciones, además de las propias de la pobreza.

La generación de la Independencia perdió la primera oportunidad de liquidar esa herencia abominable. Aquella pléyade de jóvenes románticos inspirados en las luces de la revolución francesa, instauró una república moderna de buenas Intenciones, pero no logró eliminar los residuos de la Colonia. Ellos mismos no estuvieron a salvo de sus hados maléficos. Simón Bolívar, a los 35 años, había dado la orden de ejecutar ochocientos prisioneros españoles, inclusive a los enfermos de un hospital. Francisco de Paula Santander, a los 28, hizo fusilar a los prisioneros de la batalla de Boyacá, inclusive a su comandante. Algunos de los buenos propósitos de la república propiciaron de soslayo nuevas tensiones sociales de pobres y ricos, obreros y artesanos y otros grupos marginales. La ferocidad de las guerras civiles del siglo XIX no fue ajena a esas desigualdades, como no lo fueron las numerosas conmociones políticas y civiles que han dejado un rastro de sangre a lo largo de nuestra historia.

Dos dones naturales nos han ayudado a sortear ese sino funesto, a suplir los vacíos de nuestra condición cultural y social, y a buscar a tientas nuestra identidad. Uno es el don de la creatividad, expresión superior de la inteligencia humana. El otro es una arrasadura determinación de ascenso personal. Ambos, ayudados por una astucia casi sobrenatural, y tan útil para el bien como para el mal, fueron un recurso providencial de los indígenas contra los españoles desde el día mismo del desembarco. Para quitárselos de encima, mandaron a Colón de isla en isla, siempre a la isla siguiente, en busca de un rey vestido de oro que no había existido nunca. A los conquistadores convencidos por las novelas de caballería los engatusaron con descripciones de ciudades fantásticas construidas en oro puro. A todos los descaminaron con la fábula de El Dorado mítico que una vez al año se sumergía en su laguna sagrada con el cuerpo empolvado de oro. Tres obras maestras de una epopeya nacional, utilizadas por los indígenas como un instrumento para sobrevivir. Tal vez de esos talentos precolombinos nos viene también una plasticidad extraordinaria para asimilarnos con rapidez a cualquier medio y aprender sin dolor los oficios más disímiles: fakires en la India, camelleros en el Sahara o maestros de inglés en Nueva York.

Del lado hispánico, en cambio, tal vez nos venga el ser emigrantes congénitos con un espíritu de aventura que no elude los riesgos. Todo lo contrario: los buscamos. De unos cinco millones de colombianos que viven en el exterior, la inmensa mayoría se fue a buscar fortuna sin más recursos que la temeridad, y hoy están en todas partes, por las buenas o por las malas razones, haciendo lo mejor o lo peor, pero nunca inadvertidos. La cualidad con que se les distingue en el folclor del mundo entero es que ningún colombiano se deja morir de hambre. Sin embargo, la virtud que más se les nota es que nunca fueron tan colombianos como al sentirse lejos de Colombia.

Así es. Han asimilado las costumbres y las lenguas de otros como las propias, pero nunca han podido sacudirse del corazón. Las cenizas de la nostalgia, y no pierden ocasión de expresarlo con toda clase de actos patrióticos para exaltar lo que afloran de la tierra distante, inclusive sus defectos. En las ciudades menos pensadas de cualquier país puede encontrarse a la vuelta de una esquina la reproducción en vivo de una calle cualquiera de Colombia: las casas de colores intensos, la funda con el nombre de la ciudad amada, el salón de cine en español, la escuela 20 de Julio junto a la cantina 7 de Agosto con sus chorros de músicas enloquecidas, la plaza de árboles polvorientos todavía con las guirnaldas de papel del último viernes fragoroso.

La paradoja es que estos conquistadores nostálgicos, como sus antepasados, nacieron en un país de puertas cerradas. Los libertadores trataron de abrirlas a los nuevos vientos de Inglaterra y Francia, a las doctrinas jurídicas y éticas de Bentham, a la educación de Lancaster, al aprendizaje de las lenguas, a la popularización de las ciencias y las artes, para borrar los vicios de una España más papista que el papa y todavía escaldada por el acoso financiero de los judíos y por ochocientos años de ocupación islámica. Los radicales del siglo XIX, y más tarde la Generación del Centenario, volvieron a proponérselo con políticas de migraciones masivas para enriquecer la cultura del mestizaje, pero unas y otras se frustraron por un temor casi teológico de los (demonios exteriores. Aun hoy estamos lejos de imaginar cuánto; dependemos del vasto mundo que ignoramos. )

Somos conscientes de nuestros males, pero nos hemos desgastado luchando contra los síntomas mientras las causas se eternizan. Nos han escrito y oficializado una versión complaciente de la historia, hecha más para esconder que para clarificar, en la cual se perpetúan vicios originales, se ganan batallas que nunca se dieron y se sacralizan glorias que nunca merecimos. Pues nos complacemos en el ensueño de que la historia no se parezca a la Colombia en que vivimos, sino que Colombia termine por parecerse a su historia escrita.

Por lo mismo, nuestra educación conformista y represiva no parece concebida para que los niños se adapten por la fuerza a un país que no fue pensado para ellos, en lugar de poner el país al alcance de ellos para que lo transformen y engrandezcan. Semejante despropósito restringe la creatividad y la intuición congénitas, y contraría la imaginación, la clarividencia precoz y la sabiduría del corazón, hasta que los niños olviden lo que sin duda saben de nacimiento: que la realidad no termina donde dicen los textos, que su concepción del mundo es más acorde con la naturaleza que la de los adultos, y que la vida sería más larga y feliz si cada quien pudiera trabajar en lo que le gusta, y sólo en eso.

Esta encrucijada de destinos ha forjado una patria densa e indescifrable donde lo inverosímil es la única medida de la realidad. Nuestra insignia es la desmesura. En todo: en lo bueno y en lo malo, en el amor y en el odio, en el júbilo de un triunfo y en la amargura de una derrota. Destruimos a los ídolos con la misma pasión con que los creamos. Somos intuitivos, autodidactas espontáneos y rápidos, y trabajadores encarnizados, pero nos enloquece la sola idea del dinero fácil. Tenemos en el mismo corazón la misma cantidad de rencor político y de olvido histórico. Un éxito resonante o una derrota deportiva pueden costarnos tantos muertos como un desastre aéreo. Por la misma causa somos una sociedad sentimental en la que prima el gesto sobre la reflexión, el ímpetu sobre la razón, el calor humano sobre la desconfianza. Tenemos un amor casi irracional por la vida, pero nos matamos unos a otros por las ansias de vivir. Al autor de los crímenes más terribles lo pierde una debilidad sentimental. De otro modo: al colombiano sin corazón lo pierde el corazón. Pues somos dos países a la vez: uno en el papel y otro en la realidad. Aunque somos precursores de las ciencias en América, seguimos viendo a los científicos en su estado medieval de brujos herméticos, cuando ya quedan muy pocas cosas en la vida diaria que no sean un milagro de la ciencia. En cada uno de nosotros cohabitan, de la manera más arbitraria, la justicia y la impunidad; somos fanáticos del legalismo, pero llevamos bien despierto en el alma un leguleyo de mano maestra para burlar las leyes sin violarlas, o para violarías sin castigo. Amamos a los perros, tapizamos de rosas el mundo, morimos de amor por la patria, pero ignoramos la desaparición de seis especies animales cada hora del día y de la noche por la devastación criminal de los bosques tropicales, y nosotros mismos hemos destruido sin remedio uno de los grandes ríos del planeta. Nos indigna la mala imagen del país en el exterior, pero no nos atrevemos a admitir que la realidad es peor. Somos capaces de los actos más nobles y de los más abyectos, de poemas sublimes y asesinatos dementes, de funerales jubilosos y parrandas mortales. No porque unos seamos buenos y otros malos, sino porque todos participamos de ambos extremos. Llegado el caso —y Dios nos libre— todos somos capaces de todo.

Tal vez una reflexión más profunda nos permitirá establecer hasta qué punto este modo de ser nos viene de que seguimos siendo en esencia la misma sociedad excluyente, formalista y ensimismada de la Colonia. Tal vez una más serena nos permitirá descubrir que nuestra violencia histórica es la dinámica sobrante de nuestra guerra eterna contra la adversidad. Tal vez estemos pervertidos por un sistema que nos incita a vivir como ricos mientras el cuarenta por ciento de la población malvive en la miseria, y nos ha fomentado una noción instantánea y resbaladiza de la felicidad: queremos siempre un poco más de lo que ya tenemos, más y más de lo que parecía imposible, mucho más de lo que cabe dentro de la ley, y lo conseguimos como sea: aun contra la ley. Conscientes de que ningún gobierno será capaz de complacer esta ansiedad, hemos terminado por ser incrédulos, abstencionistas e ingobernables, y de un individualismo solitario por el que cada uno de nosotros piensa que sólo depende de sí mismo. Razones de sobra para seguir preguntándonos quiénes somos, y cuál es la cara con que queremos ser reconocidos en el tercer milenio.

La Misión de la Ciencia, Educación y Desarrollo no ha pretendido una respuesta, pero ha querido diseñar una carta de navegación que tal vez ayude a encontrarla. Creemos que las condiciones están dadas como nunca para el cambio social, y que la educación será su órgano maestro. Una educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma. Que aproveche al máximo nuestra creatividad inagotable y conciba una ética —y tal vez una estética— para nuestro afán desaforado y legítimo de superación personal. Que integre las ciencias y las artes a la canasta familiar, de acuerdo con los designios de un gran poeta de nuestro tiempo que pidió no seguir amándolas por separado como a dos hermanas enemigas. Que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante siglos hemos despilfarrado en la depredación y la violencia, y nos abra al fin la segunda oportunidad sobre la tierra que no tuvo la estirpe desgraciada del coronel Aureliano Buendía. Por el país próspero y justo que soñamos: al alcance de los niños.

1 comentario:

  1. Te veo muy juicioso Juan Camilo, vamos a revisar en clase para ver cómo vas en cuento a los contenidos.
    Un abrazo, Catalina.

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